Hoy, después de aquella primera vez cuando entre a un salón de clases a enseñar, desde esos primeros discursos faltos de nivel pero con exceso de emotividad, desde esa vez que me convencí de que ser maestra sería mi profesión a lo que me quería dedicar por siempre. Me vi reflejada en decenas de maestros (todos ellos con más experiencia que yo) y volví a preguntarme ¿Quiero seguir en esto? O de plano me voy de vendedora, o de cualquier otra profesión.
El maestro creo, ha ido perdiendo valor se ha convertido en un hombre mal instruido, que enseña desilusionado, y no es posible que la persona que lleva la responsabilidad de educar a nuestro pueblo, se encuentre cansado de hacerlo con sus sólo diez años de trayectoria. Nuestro maestro debería ser, sano, un ser enamorado de su labor, inteligente, instruido, competente, con condiciones especiales, trato especial, lo cual difícilmente podremos lograr en nuestros días y con nuestra sociedad.
Hoy, en un curso quilométrico e innecesario, hablamos de métodos pedagógicos ubicándolos en nuestra labor docente y escuchaba a un compañero con su nivel discursivo y lo contrastaba con su mirada ante lo que acababa de decir, intentaba pensar por mi compañero y creo que era algo más o menos así; decía: - Yo aplico en mi práctica docente un método ecléctico, utilizo cada uno, según los contenidos, el grupo de alumnos y el momento- sus compañeros de mesa le miraban con orgullo pues los representaba dignamente, pero había algo en su mirada que denotaba extrañeza, seguramente -imaginé -no sabe lo que dice es más no cree lo que dice y tuve la esperanza que desistiera de lo que acababa de decir, que aceptara que se trataba sólo de un usurpador del lenguaje, que lo utilizaba para fines lucrativos que no reflejaba lo que en realidad sabía, imagine de pronto mientras el maestro se sentaba y acomodaba su silla cuando nadie más que yo lo estaba viendo y el auditorio estaba atento a otro discurso igual o distinto, el maestro pensaba “qué acabo de decir, no se ni siquiera a qué se refieren los tres modelos de enseñanza que acabo de mencionar, -pero me salió bien el discurso- se decía -y me escuchó la directora-, el maestro se tocaba la cabeza a la altura de las ceja con las dos manos extendidas, como si algo le preocupara o estaría arrepentido, abrió la boca grande y pensé ¿se desistirá?, ¿dirá la verdad? pero no, lo prolongó dando un enorme y fastidioso bostezo que me devolvió a la realidad, el maestro estaba convencido de su espantoso discurso; el cual no entendió y tenía la típica flojera de un maestro que trabajo dos o tres jornadas para lograr un nivel de vida más o menos decente.
Hoy, me decepcione de ser maestra, creo que soy buena (o al menos mis alumnos me han elogiado diciéndome que enseño muy bien), pero ¿bajo qué definición de ser maestra?, la real o la ideal e inmediatamente después pensé utópicamente y sonreí ampliamente.
Quisiera olvidar los malos ratos, practicar la deconstrucción derrideana, pero antes, escribir esta relatoría para no olvidar que hemos perdido muchos maestros en la batalla, maestros con el perfil ideológico; más no político de los que tienen el poder y es injusto que los buenos maestros, los mantengan sólo de lectores en esta novela, la cual se escribe día a día y cierra capítulos muy mal escritos.
Hoy, en un curso quilométrico e innecesario, hablamos de métodos pedagógicos ubicándolos en nuestra labor docente y escuchaba a un compañero con su nivel discursivo y lo contrastaba con su mirada ante lo que acababa de decir, intentaba pensar por mi compañero y creo que era algo más o menos así; decía: - Yo aplico en mi práctica docente un método ecléctico, utilizo cada uno, según los contenidos, el grupo de alumnos y el momento- sus compañeros de mesa le miraban con orgullo pues los representaba dignamente, pero había algo en su mirada que denotaba extrañeza, seguramente -imaginé -no sabe lo que dice es más no cree lo que dice y tuve la esperanza que desistiera de lo que acababa de decir, que aceptara que se trataba sólo de un usurpador del lenguaje, que lo utilizaba para fines lucrativos que no reflejaba lo que en realidad sabía, imagine de pronto mientras el maestro se sentaba y acomodaba su silla cuando nadie más que yo lo estaba viendo y el auditorio estaba atento a otro discurso igual o distinto, el maestro pensaba “qué acabo de decir, no se ni siquiera a qué se refieren los tres modelos de enseñanza que acabo de mencionar, -pero me salió bien el discurso- se decía -y me escuchó la directora-, el maestro se tocaba la cabeza a la altura de las ceja con las dos manos extendidas, como si algo le preocupara o estaría arrepentido, abrió la boca grande y pensé ¿se desistirá?, ¿dirá la verdad? pero no, lo prolongó dando un enorme y fastidioso bostezo que me devolvió a la realidad, el maestro estaba convencido de su espantoso discurso; el cual no entendió y tenía la típica flojera de un maestro que trabajo dos o tres jornadas para lograr un nivel de vida más o menos decente.
Hoy, me decepcione de ser maestra, creo que soy buena (o al menos mis alumnos me han elogiado diciéndome que enseño muy bien), pero ¿bajo qué definición de ser maestra?, la real o la ideal e inmediatamente después pensé utópicamente y sonreí ampliamente.
Quisiera olvidar los malos ratos, practicar la deconstrucción derrideana, pero antes, escribir esta relatoría para no olvidar que hemos perdido muchos maestros en la batalla, maestros con el perfil ideológico; más no político de los que tienen el poder y es injusto que los buenos maestros, los mantengan sólo de lectores en esta novela, la cual se escribe día a día y cierra capítulos muy mal escritos.
Ileana Cepeda