El llanto se les facilita a muchas de mi género, pero a mí me cuesta trabajo eso de la llorada, a lo que mi madre le llama “es que no tienes corazón”, “pero habrá alguien que te haga llorar” termina la sentencia y me obliga a reflexionar.
Lo que pasa es que estoy acostumbrada a controlar mis emociones, y dentro de ellas se encuentra la tristeza, el coraje, la angustia y todo lo que te pueda hacer llorar. Bien resulta que vengo llegando del cine, fui a ver una película que se llama “August Rush”; efectivamente escuché mi destino pues era la única película que empezaba a la hora en que llegamos al cine (en realidad íbamos a ver Juno por recomendación) así que entramos con pocas expectativas.
Me gusta la comodidad del cine, las palomitas, el refresco y el chocolate acompañado de cualquier película. Puedo ir a ver cualquier película sin despegar los ojos de la pantalla, pero no todas me gustan. La de hoy me gusto y mucho, en realidad no sé por qué, la historia era conocida, podría sonar predecible, más sin embargo mantuvo mi emotividad al descubierto.
La película mantuvo mis ojos llenos de lágrimas. Las risas y las voces poco a poco dejaron de escucharse (hacía mucho que no me sucedía) la película enmudeció al auditorio, no hubo necesidad del shh o de voltear molesto a los asientos de atrás, la historia controlaba a todos y a mí me mantuvo expectante. No contaré la historia, más sí hablaré del tema, el destino.
Podemos creer o no en él. Podemos creer por la comodidad del ingenuo que no busca más respuestas a los cuestionamientos cotidianos. Podemos también no creer, con la supremacía de entenderlo y dar respuesta al todo, en fin; existen cosas sin explicación, recuerdos o deseos que te llevan a estar en el lugar y tiempo para que suceda algo. Puede ser el destino o el adn del carbono que también tiene memoria.
El destino ha determinado decisiones importantes en mi vida, otras más he ido a contracorrientes desafiándolo, pero siempre gana. Podemos usar expresiones como “tengo mala suerte”, “hoy no es mi día”, pero no; sólo es, que el destino no quiere que suceda.
Es el causante de todos los “por qués” y es el único que tiene las respuestas, es un fantasma omnipresente, omnipotente y curador, tiene la solución a todo y es amigo del tiempo, el espacio lo persigue pero él siempre está ahí. Es el causante de haberme enamorado tantas veces y haberme desilusionado también. Es el causante de haber decidido un día detener las lágrimas de mis ojos y ponerme el apellido “es que no tienes corazón”.